Usted no se imagina
Es mi primer año en el nuevo colegio, en el que lo único nuevo son los estudiantes, todo lo demás parece sacado de una revista amarillista de los años noventa. No hay material didáctico, ni espacio para que los niños aprendan a realizar otros juegos, el ambiente es tenso y agresivo. Ví en la cantidad de basura plástica que se produce a diario una oportunidad y le propuse a los niños y niñas construir pelotitas con las bolsas plásticas. Llegué un día con la primera pelota -hecha por mí- y de ahí en adelante estuvieron interesados en recolectar plástico limpio y postular a sus mamás o abuelas para hacer la ropa de las pelotas, como suelen decir. Ese día les anuncié que ya teníamos otra pelota lista para cubrir con tela (las hacíamos de un tamaño específico y eso tomaba varios días) y les pregunté quién podría ayudarnos a terminarla. Duvan levantó su mano al instante, estaba emocionado, insistente y al ver su rostro descubro una extraña expresión de felicidad, una felicidad diferente. Pese a que varios niños sostenían sus manos en el aire y gritaban insistentes ¡yo! ¡yo! ¡yo!, como si en esa elección se pusiera en juego algo más, tenía que elegir a un “yo” entre todos esos. Me dejé orientar por esa rara felicidad de Duvan. Su rareza se ubicaba en la intención de sus ojos como si estuviera sosteniendo en el aire no sólo su mano sino también una necesidad, una idea a la que se le ve oportunidad de concretarse, como si necesitara que eso ocurriera. Algo estaba sucediendo. Le pregunté a quién quería postular para el trabajo de cubrir la pelota y con una gran sonrisa anuncia ante toda la clase que su mamá podría hacerlo. Relajadamente empieza a contarnos que él ha visto a su mamá coser en las noches y que al hacerlo se siente muy feliz, describe que la vé sonreir mientras les cuenta a su hermana y a él cómo va a hacer para coser algo, pues arregla ropa, hace cojines, repara medias rotas. Describe que él ha visto que a ella eso le gusta mucho porque cada vez que está cosiendo es una mamá feliz. Me parece una narración muy conmovedora y le digo que me resulta precioso que pueda observar eso en su mamá. Duvan está feliz, como satisfecho. Todas las otras manos se levantan para hablar de sus mamás, quisiera escucharlos a todos, pero no es posible.
Al finalizar la jornada llega la mamá de Duvan a recogerlo. Le describo rápidamente el proyecto de las pelotitas y le preguntó si ella podría ayudarnos a coser un forro para la pelota que hemos terminado. Por un instante la mamá de Duvan se queda perpleja, intenta hablar pero no puede, su lengua se queda detenida, chocando insistentemente detras de los dientes y su rostro se va tornando de color rojo. Considero que tal vez se molesto por la petición y le digo que no es obligatorio, que en caso de que no sea posible, le podemos decir a otra mamá. En ese momento me dice rotundamente ¡No! y retira de un solo movimiento la pelota de mis manos. Mientras se va descolgando su morral para guardar la pelota arriba Duvan. Ella lo mira con una extraña expresión, una mezcla de enojo y cariño. Le digo que el curso se lo agradece mucho, porque no tenemos material así que lo estamos construyendo. Pienso que eso podría aliviar un poco el ambiente, que por cierto, experimento enrarecido, como un cariño muy confuso y pesado. Estoy en medio de algo que no sé que es. Repentinamente se asoman palabras y la señora me dice de forma insistente “profe, ¡usted no se imagina!”. No entiendo muy bien a qué se refiere y me quedo escuchando una y otra vez la misma frase “¡usted no se imagina!, ¡usted no se imagina!”. Noto que es verdad, no me imagino que es lo que está ocurriendo, sé que es algo importante pero no sé qué sucede y se lo hago saber, le digo: es verdad, no me lo imagino, pero Duvan sí, porque él fue quien propuso que fueras tú quien nos ayudará a coser el forro de la pelota, nos dijo que coser te hacía muy feliz, así que Duvan si lo sabe. Le lanzó una mirada fuerte a Duvan y le dijo con vehemencia: ¡¿usted?! Le preguntó de una manera extraña y fuerte, utilizando todos los signos de exclamación, era una pregunta invasiva y una mirada pesada que el niño recibió con mucha tranquilidad, se sentía muy feliz y asentía con su cabeza, confirmando que él la había postulado a ella. Es una felicidad extraña la de esa familia, porque ella lo miraba de una manera muy fuerte y pesada como si le contara con esa mirada que estaba sorprendida y a la vez asustada, como si se sintiera mirada por él y eso la hiciera muy feliz y a la vez la llenara de terror. Yo no pude entender esa mirada, pero Duvan se sentía muy feliz y tranquilo y eso fue suficiente para mi.

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